Socio y administrador de varias compañías del Grupo Bierzo, Jonathan García Leo ha construido su trayectoria empresarial con una mentalidad forjada en la alta competición. Ex tenista profesional, hoy número 1 del mundo en categoría +50 y campeón del mundo individual y por equipos, Jonathan ha trasladado al mundo de la empresa las mismas reglas que le han permitido ganar partidos imposibles: constancia, cabeza fría y una enorme capacidad de remontar.
Jonathan, tu carrera profesional combina empresa y deporte de alto nivel. ¿Cómo se cruzan esos dos mundos?
Totalmente. El tenis no ha sido solo una etapa previa a la empresa; ha sido una escuela de vida. En la pista aprendes que nada está perdido hasta el último punto, y eso es exactamente lo que ocurre en los negocios. Hay operaciones que se complican, proyectos que parecen inviables o situaciones que requieren aguantar más de lo previsto. El tenis te entrena para no abandonar cuando las cosas se ponen difíciles.
Formas parte del Grupo Bierzo, un holding con actividad inmobiliaria, industrial y comercial. ¿Cuál ha sido tu papel dentro del grupo?
He tenido la suerte —y la responsabilidad— de liderar directamente muchos de los proyectos, especialmente en las decisiones estratégicas, de inversión y de crecimiento. El Grupo Bierzo es un grupo muy diversificado, con raíces industriales de más de 40 años y un desarrollo inmobiliario muy relevante en los últimos tiempos. Eso exige visión a largo plazo, disciplina
Antes de consolidarte como empresario, intentaste una carrera profesional en el tenis. ¿Cómo fue esa etapa?
Fue intensa. Lo intenté primero en Estados Unidos, donde aprendí muchísimo sobre profesionalización y exigencia, y después en Barcelona, antes de pasar varios años compitiendo en el circuito nacional español. No todos llegan a donde sueñan, pero esa etapa te curte. Aprendes a convivir con la frustración, con la incertidumbre y con la necesidad de reinventarte.
Hoy sigues compitiendo al máximo nivel.
Sí, y con mucha ilusión. Actualmente soy número 1 del mundo en categoría +50, campeón del mundo individual +50 y también campeón del mundo por equipos. Además, he sido campeón de España universitario y campeón nacional en varias categorías de veteranos. El cuerpo cambia, pero la cabeza —si la trabajas— puede ser incluso mejor que antes.
Hay quien recuerda especialmente un partido tuyo de 2006…
(Ríe). Sí, el partido contra mi hermano Óliver en 2006. Fue uno de esos encuentros que parecen perdidos y que acabas ganando. Ese partido me enseñó algo clave: no se trata solo de técnica o físico, sino de aguantar mentalmente cuando todo va en contra. Esa lección la he aplicado muchas veces después en la empresa. La versión de mi hermano, posiblemente sea otra. No le preguntes…
¿Qué valores del tenis aplicas directamente a tu vida profesional?
Muchísimos:
- La cultura del esfuerzo diario, incluso cuando no hay aplausos.
- La capacidad de análisis en tiempo real: cambiar estrategia cuando algo no funciona.
- La gestión de la presión, especialmente cuando hay mucho en juego.
- Y algo fundamental: saber perder y aprender rápido.
¿Y cómo encaja todo eso con la vida personal?
Con organización y prioridades claras. Soy marido y padre, y eso es tan exigente —o más— que cualquier proyecto empresarial o campeonato. El deporte te enseña a optimizar el tiempo y a valorar el sacrificio. Nada de lo que merece la pena es fácil, pero todo es compatible si hay compromiso y coherencia.
Si tuvieras que resumir tu filosofía en una frase…
Probablemente sería:
“Los partidos más importantes no se ganan cuando todo va bien, sino cuando decides no rendirte.”